BÉISBOL

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A la familia Méndez Prays
Tia Blanca Méndez de Prays,
mis primos Roger, Nairoby, Ronald y sobrinos
y en especial a mi tío Adrián Prays con cariño y afecto.

El béisbol es una vaina muy jodida pero es un deporte que siempre me ha apasionado. Recuerdo la primera vez que me llevaron a un estadio de béisbol, mi familia creía que yo tenía madera como la de Omar Vizquel, pero la verdad es que la motivación de mi familia y el gusto por jugar béisbol no me hacían el siguiente Omar Vizquel. —¡No sé si me explico!

En aquellos años, mi tío Adrián Prays me llevó de la mano a practicar con el equipo más malo que ha existido sobre la faz de la tierra; ¡Créame!, no le estoy mintiendo.

La primera vez que entré al estadio yo estaba que me cagaba los pantalones, los otros jugadores se me quedaron mirando para arriba y para abajo, así como se mira al “nuevo”.

Aquellos días fueron joviales algunas veces, otros no tanto porque uno tiene que cumplir con la ladilla del horario, que si a las tres tenemos que entrenar, a las cuatro tenemos que calentar los músculos, a las cinco tenemos que hacer flexiones, a las seis tenemos que… ¡Aagh! Y no me digan que no, eso es un fastidio, en esos días poco joviales pensaba, —¿qué coño estoy haciendo en un estadio de béisbol?

Debo aceptar que así me llevaron al equipo más malo, obviamente fue porque no me vieron cara de Omar Vizquel. ¡Bah! Pero aunque el equipo era malo, lo disfruté toda mi juventud y es que el béisbol no es solamente practicar un deporte, uno aprende también a compartir, a entenderse en las jugadas, a dar ánimo al compañero cuando uno va perdiendo 10 a 0 (ésta era la cifra con que perdíamos todos los partidos con exactitud).

Mi tío Adrián Prays es como el béisbol, ¡una vaina muy jodida!, pero mi tío siempre entregó el corazón al equipo, su labor iba más allá de una simple tarea de organización. Cuando mi tío llegaba a la casa destapaba su cerveza negra (escondido de mi tía Blanca) y se ponía a ver ESPN acostado en la hamaca para saber y estar enterado de las últimas novedades del mundo del deporte. Conversar con él era saber que tal jugador tenía un average de 400, que fulano hizo un home run de no sé cuántas millas exactas, que el pitcher tal tiene una efectividad de tanto, que los Mets de Nueva York firmaron un contrato de no sé qué cuántos millones de dólares. Además, siempre informaba con la célebre frase “ahorita vienen los juegos nacionales vamos a ver si Cardenales gana porque siempre empiezan mal”. Sabía quién entró en el “joul de la fama” decía: —ese carajo era el más arrecho robándose las bases—, sabía que tal bateador venezolano está lesionado porque se tropezó y se lastimó el dedo gordo del pie chochándolo con una mesa de noche y ha sido la peor temporada y hasta cuales son los verdaderos comentaristas deportivos.

Una vez estaba jugando contra un equipo que era vencedor. Cuando yo iba a los partidos porque pese a todo no me los perdía, iba con la plena conciencia de saber que el partido lo íbamos a perder, eso lo tenia clarito. No era pesimismo sino más bien una conciencia deportiva.

Cuando no estaba jugando conversaba el resto del partido con Malapava, mientras el otro equipo nos ganaba con los ojos cerrados prácticamente, porque si uno entra a un equipo malo, es porque uno es malo también, entonces en un equipo de puros malos se hace un faraónico esfuerzo para que los jugadores batan el récord de ponches, multiplicar los errores por coñazos y meter la pata cada ratico.

Recuerdo los ponches que contaba con mis amigos del equipo. Le preguntaba a Malapava (por algo tenia ese apodo, ustedes se podrán imaginar que por jugador bueno no era).

—¿Cuántos ponches llevas? Y mi amigo con un orgullo del carajo, con la cabeza erguida me respondía.

— 40 ¿y tú?

—Yo, poquitos —le decía.

Claro que por algo Malapava y yo éramos esos sujetos importantes del béisbol que siempre estaban “Banqueaos” y con tiempo suficiente para hablar estupideces.

—¿trajiste agua?

—No, no lo traje ¿y tú?

—Tampoco,

—¿Y esa vaina?

—Es que estaba muy ocupado.

Cuando terminaba el partido, nos despedíamos del estadio agradeciendo a Dios, porque si el partido seguía perderíamos por una paliza de veinte a cero más o menos. Todos los del equipo nos la ingeniábamos para contar una versión verosímil aunque no fuera tan verosímil sobre nuestra derrota, —¿me explico? — es que por más que uno pierda un partido, uno debe tener valor para no echar el cuento de la paliza por el orgullo y la vaina. Uno rebusca en el discurso una idea para contarlo de otra manera, de forma que no se vea que el equipo de uno es tan malo, es decir, uno cuenta, pero sin decir que uno duró los nueve inning “banqueao”, y mucho menos que mi mejor amigo se llevó 40 ponches, de modo que uno tiene como alternativa contar el partido por encimita, para no quedar tan mal contándole los batazos y batazos y la mamarra é pela que nos dieron.

Después del partido, llegaba a casa de mi tío Adrián con el uniforme del dichoso equipo, esto debo decirlo, se llamaba Las Mercedes recuerdo clarito; ¡no-jo-das!, llegaba con una hediondez de axilas del mandril de un zoológico municipal con bajo presupuesto, hediendo a perolito é loco, mi tío me preguntaba.

—¿Chemi cómo estuvo el partido?

Yo le respondía, —casi ganamos, pero perdimos el partido 10 a 0 lamentablemente porque hubo falla por parte de nuestro manager, porque según mis cálculos científicos cuadrado cuadraíto, el manager no hacía las vainas bien, ¡le faltan cojones!.
Mi tío Adríán sólo me miraba el uniforme y me preguntaba:

—¿Y cuando van a ganar pues?

Yo sin vacilar le respondía:

—¡Es que tío ese manager es pura cotorra!

Malapava mientras recogía los bates que habían dejado tirado el equipo, me comentaba sobre el béisbol catalogándolo como un deporte maravilloso, complejo y su ego se inflaba cuando hablaba de su buena jornada; decía que los bates estaban nuevecitos, ¡claro! era obvio, porque ¿qué hace una familia comprándole un bate nuevo que vale más de diez canastas básica a un equipo malo?, pues absolutamente nada

—¡Te lo juro mirá, ni una rayita tiene ese bate!

Entonces Malapava agarraba las piedras del estadio y con el bate sostenido arqueaba una piedra y le daba esos batazos que hacía sonar como una campana loca ¡Plam!. Después de dar el batazo, mi amigo buscaba en la tierra otras piedras redondas y proseguía hablándome:

—Chemi, esos bates son tan arrechos que si uno mete un batazo sale un home run a juro a juro, —me decía con expresión corporal de seguridad consigo mismo.

Malapava volvía agarrar el bate y salía la piedra hacia atrás. Se cuadraba en posición de cuarto bate como si fuese Galarraga; debo acotar es que en el Line Up nunca estábamos de cuarto bate y de vaina aparecíamos en la bendita lista, si mal no recuerdo estábamos, Sonrisita, Bigotín, El Aweboníao Linárez, Cabece é Bombillo, Tribilín, El Caré Topocho, Pata Loca, Lengua Arrecha, Coje Burra, Cabra Ruda, el Niño Cagón, Porky, El Chino Pajuíto, Malapava y yo ná’más y ná´menos.

Malapava señalaba con el bate el horizonte; ahí mismo estaba la bodega donde comprábamos los refrescos “fiaos” por montones y mientras caminábamos hacia ese lugar, proseguía diciendo que el bate era como una especie de hierro donde de verdad el equipo de nosotros se iba a poner a valer a per sé como decían los griegos. Malapava y yo contemplábamos el crepúsculo incendiándose en el horizonte como una muestra esperanzadora, con un relieve que su tono rojizo se iba tiznando sobre otro color más oscuro. La noche en el estadio de béisbol llegaba como un manto de óleo de Van Gogh haciendo espirales blancos los faros del estadio.

Aún recuerdo esos años que fueron mis días más hermosos que he vivido, no lo negaré, pese a que perdíamos todos los partidos, sentía en mi corazón que algún día pudiésemos ganar el gran trofeo, el trofeo que soñábamos con la vida.

                                            José Miguel Méndez Crespo 

@josemiguelm87

instagram: josemendezcrespo

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